Guía
Un hombre desnudo con los brazos y las piernas abiertos, encerrado en un círculo y en un cuadrado. Es una de las imágenes más reproducidas del mundo y casi nadie sabe qué problema estaba tratando de resolver.
Leonardo da Vinci lo hizo hacia 1490, en Milán, con pluma y tinta sobre papel. Es una hoja chica —poco más de 34 por 25 centímetros— y no era una obra pensada para exhibir: era una nota de estudio, del tipo que Leonardo llenaba por miles. La figura está rodeada de texto escrito por él en escritura especular, de derecha a izquierda, que se lee de corrido frente a un espejo.
Hoy pertenece a las Gallerie dell'Accademia de Venecia, que lo compraron en 1822. Casi nunca está a la vista: el papel y la tinta son sensibles a la luz, así que pasa la mayor parte del tiempo guardado y sale sólo en exposiciones puntuales. La imagen que todo el mundo conoce es, en la práctica, una reproducción de algo que muy poca gente vio en vivo.
El dibujo no lleva el nombre de Leonardo sino el de otro hombre, y ahí empieza la confusión más común: Vitruvio no es la persona dibujada ni quien la dibujó. Marco Vitruvio Polión fue un arquitecto e ingeniero romano del siglo I antes de Cristo, que sirvió en el ejército y terminó escribiendo De architectura, diez libros dedicados al emperador Augusto. Es el único tratado de arquitectura de la Antigüedad clásica que llegó completo hasta nosotros.
En el tercero de esos libros Vitruvio sostiene una idea que a Leonardo le iba a interesar quince siglos después: que un templo bien hecho debe estar proporcionado como un cuerpo humano bien hecho. Y describe cómo: si un hombre se acuesta con los brazos y las piernas abiertos, se puede trazar un círculo con centro en el ombligo que toque las puntas de los dedos de manos y pies. Con el cuerpo derecho y los brazos en cruz, agrega, se obtiene un cuadrado.
La medida de la arquitectura tenía que salir del cuerpo, porque el cuerpo era lo único que estaba bien medido.
La idea de fondo de De architecturaVitruvio dejó el planteo escrito, pero no dibujado. Y cuando se intenta dibujar tal cual lo describe, no cierra: si el círculo y el cuadrado comparten el mismo centro, la figura que entra en uno no entra en el otro. Durante el Renacimiento varios lo intentaron —Francesco di Giorgio Martini por un lado, Cesare Cesariano en su edición comentada de Vitruvio de 1521 por otro— y los resultados iban de lo forzado a lo directamente deforme, con hombres de brazos larguísimos para hacerlos entrar.
La solución de Leonardo fue tan simple que parece obvia recién después de verla: usó dos centros distintos. El círculo tiene su centro en el ombligo, como decía Vitruvio. El cuadrado no: está corrido hacia abajo, con su centro a la altura del pubis. Y en vez de dibujar un cuerpo, dibujó dos superpuestos —dos posiciones de brazos y dos de piernas— de manera que la misma figura toca el cuadrado en una postura y el círculo en la otra.
Por eso el hombre parece tener cuatro brazos y cuatro piernas. No es un efecto de movimiento: son las posiciones que hacen falta para que un mismo cuerpo, sin estirarse ni deformarse, quepa en las dos figuras. De las combinaciones posibles entre esas posiciones salen dieciséis poses distintas dentro de una sola hoja.
El texto que rodea al dibujo es, en buena parte, la lista de proporciones que Leonardo tomó de Vitruvio y verificó por su cuenta midiendo gente. Algunas de las más citadas:
La de los brazos es la que cualquiera puede comprobar en treinta segundos: abrir los brazos en cruz y medir de punta a punta de los dedos da, en la mayoría de las personas, casi exactamente la propia estatura. Es la observación que convierte al canon en algo menos abstracto de lo que parece escrito.
El Hombre de Vitruvio se volvió el símbolo de una idea que el Renacimiento puso en el centro y que todavía no soltamos: que el ser humano es la unidad con la que se mide el mundo. Por eso terminó en la moneda italiana de un euro, en la señalética de hospitales, en manuales de ergonomía, en logos de gimnasios y en tapas de libros de medicina. Sirve para todo eso porque no dice nada concreto: dice «humano», «proporción», «medida».
La lectura contraria también existe y es más incómoda. Si el cuerpo es la medida de todas las cosas, la pregunta razonable es qué pasa cuando lo que construimos alrededor dejó de tener esa medida. Es más o menos el punto del que parte la obra que levantamos en Punta Espinillo.
Se escribe con v las dos veces: Vitruvio, del latín Vitruvius. «Vitrubio», «vitrivio» o «vitruvio da vinci» son las variantes que más aparecen escritas, y se entiende por qué: el nombre no es familiar y suena a varias cosas a la vez. También conviene aclarar dos cosas que se mezclan seguido:
Hay uno en Uruguay, y no está colgado. En Punta Espinillo, en el oeste del Montevideo rural, la figura de Leonardo está construida sobre el campo a escala de terreno: unos diez mil metros cuadrados de cuerpo humano trazado con neumáticos, botellas, material PET, barro y cemento. Es tan grande que se distingue en las vistas satelitales de la zona, y tan grande que, parado adentro, uno deja de verla.
El recorrido entra por la cabeza y sigue por las estaciones del cuerpo —el laberinto del cerebro, el corazón dentro de un ómnibus reconvertido en aula, el aparato digestivo, las manos—. La proporción que en el papel es un ejercicio de geometría acá se convierte en distancia caminada. Se visita con guía y con reserva previa, todos los días salvo los jueves.
A 17 kilómetros del centro. Visitas guiadas para escuelas, empresas, familias y grupos, con agenda en línea.
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